Fernando, el eterno galán
Confieso que me enamoré perdidamente de él, fue un flechazo. Algunas veces me pasa y, con este escritorio americano de roble de los años 50, me pasó. Caí rendida, supongo que me ocurrió lo mismo que a sus dueños. Me explicaron que un domingo lluvioso de noviembre se animaron a dar un paseo por el rastro y ZAS!!!!!! Allí se vieron por primera vez y hasta hoy. Estaba en buen estado pero necesitaba limpiar y tratar la madera. Ya está listo para seguir conquistando a todo aquel que lo mire por los años de los años…